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Tres grandes editoriales de EE. UU. usan IA sin decirlo, según WIRED

Redacción de IA en un minuto · Editor: Jon Elgezabal

En 30 segundos

Empleados de HarperCollins, Simon & Schuster y Hachette cuentan a WIRED, sin identificarse, que sus empresas recurren a Claude y ChatGPT sin haberlo hecho público ni pedir permiso a los autores. Con esos modelos salen correos para agentes literarios, textos de contraportada, cubiertas y piezas de marketing. Simon & Schuster dice que nadie está obligado a usarlos y Hachette los limita a tareas operativas.

WIRED publicó el viernes 9 de octubre que al menos tres de las cinco grandes editoriales de libros de Estados Unidos, HarperCollins, Simon & Schuster y Hachette, han ido incorporando herramientas de IA a su trabajo sin anunciarlo y sin el consentimiento de sus autores. La revista lo cuenta tras entrevistar a más de dos docenas de trabajadores, que hablaron sin dar su nombre para no poner en riesgo su empleo.

Según esos testimonios, las editoriales usan modelos como Claude y ChatGPT para escribir correos a agentes literarios, redactar textos de promoción y de contraportada, diseñar cubiertas y generar material de marketing, a menudo por indicación de sus directivos. Uno de los usos más habituales es el texto promocional, el que el lector encuentra en Amazon, en Goodreads o en la contraportada del libro.

En HarperCollins, según un empleado, la dirección compró licencias de Claude a Anthropic hace meses y decenas de trabajadores, de puestos júnior y sénior, fueron designados «AI Champions», con el encargo de buscar usos en sesiones mensuales. La plantilla dice que la editorial también tiene licencias de ChatGPT y de Jasper, una plataforma de agentes para marketing. HarperCollins no respondió a las peticiones de comentario de WIRED.

En Simon & Schuster, empleados asistieron hace meses a un taller con representantes de OpenAI, y una de las recomendaciones fue usar ChatGPT para escribir los correos a agentes literarios. Wibke Grutjen, directora global de marketing y comunicación de la editorial, responde que los empleados de todas las áreas tienen acceso a un número limitado de herramientas de IA, que usarlas no es obligatorio y que la compañía prohíbe cualquier herramienta que no haya revisado y aprobado. Un portavoz de Hachette afirma que la empresa apoya el uso de la IA «para fines operativos», cuando ayuda a que los libros de sus autores lleguen a más lectores, pero no sus usos creativos, incluida la comunicación con autores y socios.

Todos los agentes literarios con los que habló WIRED temen que las editoriales peguen en estos modelos fragmentos de manuscritos de sus autores, por ejemplo para generar cartas de rechazo o descripciones promocionales. Uno de ellos cuenta que ya añaden a sus contratos cláusulas que lo prohíben.

En Simon & Schuster, además, en las últimas semanas corrió entre la plantilla que la empresa hacía una prueba experimental con Skan AI, una herramienta de análisis de flujos de trabajo. Los empleados empezaron a recoger firmas en una carta abierta a su consejero delegado, Greg Greeley, para pedir que ni ese programa ni otros parecidos entren en su trabajo. El 6 de octubre, el boletín Book Gossip de la revista New York dio noticia de la carta, y ese mismo día Greeley envió una nota a la plantilla: confirmó que la empresa ha explorado el producto Blueprint de Skan AI y aseguró que no se ha tomado ninguna decisión de usarlo.

Son testimonios anónimos recogidos por WIRED, no un anuncio de las editoriales.

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El reportaje no describe libros escritos por máquinas, sino algo más cotidiano: la IA entra por las tareas de alrededor, el correo, el texto de venta, la cubierta, y lo hace sin que nadie lo cuente fuera. Ahí está el fondo del asunto, más que en la herramienta: autores y agentes entregan un manuscrito sin saber por qué programas va a pasar. La reacción ya tiene forma práctica, con agentes que blindan los textos por contrato y plantillas que recogen firmas. Cualquier empresa que trabaje con material ajeno, sea un manuscrito, un diseño o los datos de un cliente, puede sacar la misma lección: decidir por escrito qué herramientas se usan y con qué contenidos, y contarlo antes de que lo cuente otro. Todo ello con una cautela: son testimonios anónimos, y dos de las editoriales dan una versión más limitada de su uso.

Fuente: WIRED · Redactada con ayuda de IA: cómo hacemos las noticias

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